¿Por qué deberían importarte los incendios en Amazonas?

Sociedad 23 de agosto de 2019 Por
La deforestación de la selva tropical más grande del planeta no es un problema exclusivamente brasileño. Te lo explicamos acá.
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Los incendios en la Amazonia brasileña vienen ocupando en los últimos días un lugar relativamente importante en varios medios de comunicación, en buena medida gracias al interés genuino de millones de personas que convirtieron la temática en tendencia en las redes sociales con el hashtag #PrayforAmazonia.  

Gracias a eso, todos sabemos a esta altura que la deforestación viene en constante aumento y que en las últimas semanas los incendios alcanzaron niveles nunca antes vistos en la historia.

Sintéticamente: según el Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE) de Brasil, el número de incendios forestales en ese país aumentó en un 82% entre enero y agosto de 2019 en comparación con el mismo período del año pasado. Esto es consecuencia directa de la reducción del 95 por ciento en el presupuesto destinado por el país vecino a acciones que combatan el cambio climático. 

La responsabilidad principal recae, por eso, sobre Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil: un auténtico militante de la ignorancia que recorta, con lamentable orgullo, la inversión en ciencia y que, en la línea de su admirado Donald Trump, niega toda la evidencia acumulada que indica que un porcentaje significativo del calentamiento global es causado por la actividad humana. 

No podemos dejar el planeta en manos de Bolsonaro. Porque, como la alegría -tan bastardeada en ese país en los últimos años- el problema de los incendios en el Amazonas no es solo brasileño: es global. Veamos por qué. 

El cambio climático
Si el nuestro es un planeta habitable, se debe -al menos en parte- a que, por una serie de improbables casualidades, tiene una capa que lo rodea y que, entre otras varias funciones, mitiga los efectos que podría producir la radiación solar ultravioleta (la misma por la cual nos ponemos protector, tratando de evitar que dañe nuestras células) y mantiene temperaturas relativamente agradables. Dicho simplemente: hay vida en nuestro planeta porque hay atmósfera. 

Esa atmósfera está compuesta por diversos gases. Un pequeño porcentaje de ellos son los famosos Gases de Efecto Invernadero (a partir de ahora, GEI), que tienen muy mala prensa pero no la merecen del todo. Se llaman así porque, justamente, hacen que la Tierra en sí misma se parezca bastante a un invernadero, dado que retienen parte de la energía termal que se libera permanentemente desde la superficie.

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Si toda esa energía simplemente se soltara hacia el espacio -o sea, si no se retuviera nada-, el planeta sería helado: se calcula que tendría, en promedio, 18 grados bajo cero. Por eso, una cantidad razonable de GEI en la atmósfera es aconsejable para que el planeta sea habitable. Es más: es una de las condiciones de posibilidad de la existencia de la biodiversidad tal como la conocemos.

En principio, entonces, no habría por qué tenerle miedo a los GEI; más bien habría que agradecer que existan. Pero, como sabemos todos -al menos, teóricamente- cualquier exceso es malo.

Y desde la Revolución Industrial, los humanos nos ocupamos sistemáticamente de expulsar hacia la atmósfera una gigantesca cantidad de uno de estos GEI en particular (el dióxido de carbono, o CO2) cuando, por ejemplo, quemamos combustibles fósiles o aceite natural, cuando criamos una cifra insostenible de ganado y cultivamos una cantidad insostenible de soja para alimentar ese ganado y, también, cuando deforestamos (muchas veces, justamente, para contribuir a que esa cifra insostenible de ganado para consumo de carne sea aún más insostenible).

Si la concentración de CO2 en la atmósfera aumenta de manera significativa, como lo viene haciendo, el efecto invernadero también aumenta. La consecuencia es obvia: más temperatura en toda la Tierra.

¿Y qué tiene que ver con esto el Amazonas?
El amazonas es el bosque tropical más grande del mundo y cuenta con aproximadamente 390 mil millones de árboles de 16 mil especies. El número es inaprensible para nuestros torpes cerebros. Lo único que podemos decir es que son muchos, muchísimos: por cada persona que habita la Tierra hay, solamente en el Amazonas, 65 árboles. Y sabemos positivamente que ellos cumplen una función esencial para mitigar los efectos de la actividad humana sobre el clima.

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De hecho, junto con la quema de combustibles fósiles, la deforestación es la máxima responsable de la sobreabundancia de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Y esto se debe a que los árboles, cuando no se los quema, son un importantísimo depósito de carbono: para obtener energía, lo que hacen es absorber el CO2 y utilizarlo para realizar la fotosíntesis. Este proceso de “secuestro de carbono” es imprescindible: cuantos más árboles haya, menos dióxido de carbono habrá en la atmósfera y, por lo tanto, menor será el efecto invernadero y menor el calentamiento. 

Si esos árboles desaparecen, dejan de absorber dióxido de cárbono. Si, para colmo, desaparecen como producto del fuego, liberan dióxido de carbono a la atmósfera. El suelo también es afectado en su capacidad de retener agua y calor, al punto tal que, en una simulación realizada hace varios años, se encontró que una superficie sin árboles del Amazonas tendría entre 1 y 3 grados más que esa misma superficie con árboles. 

O sea: menos árboles, más calentamiento. Hace poco, de hecho, un estudiosugirió que la mejor forma de contrarrestar el cambio climático, además de reducir las emisiones de CO2, es reforestar inmensas superficies de nuestro planeta. RE-forestar, no DE-forestar.

Y hay otra cosita más a la que contribuye el Amazonas, que parece bastante surreal...

Los ríos voladores
Además de absorber el CO2 del aire, los árboles funcionan como una especie de fuente que toma agua del suelo (para obtener energía a través de la fotosíntesis, de la que ya hablé) y expulsa vapor de agua por sus hojas, cuando transpira. 

Si se trata de 2 o 3 árboles aislados, no se van a observar grandes consecuencias. Pero si hablamos de los 390 mil millones que forman el Amazonas… eso ya es otra cosa. En promedio, un árbol libera unos mil litros de vapor de agua a la atmósfera cada día. Multiplicá esos mil litros por los 390 mil millones de árboles… y tenés mucho vapor de agua corriendo por encima del Amazonas. Tanto vapor de agua que se habla, literalmente, de un “río volador”. 

El vapor de agua que corre como un río por encima del Amazonas es transportado hacia el océano Pacífico. Y terminaría allí si no fuera porque se encuentra con un pequeño obstáculo: la Cordillera de los Andes. En ese momento, parte de ese vapor de agua se precipita sobre el lado este de la Cordillera y alimenta los ríos que conforman la cuenca del Amazonas.

El resto continúa su viaje hacia el sur,  y llega no solo a otras zonas de Brasil sino también a Paraguay y Argentina.  Una parte de este río volador viaja también hacia el norte, hasta Colombia y Venezuela. En todos estos lugares es causante de lluvias y es, por eso, fundamental para el desarrollo de la agricultura.

En síntesis
Para este momento, debería haber quedado claro por qué los incendios del Amazonas son un problema gigante. Sin esos árboles que se están quemando masivamente hay menos absorción de dióxido de carbono, mas gases de efecto invernadero en la atmósfera, menos volumen de vapor de agua en el río volador, menos lluvias en el continente y más calor en todo el planeta, con todos los efectos que eso causa para diversas formas de vida (incluyendo la nuestra).

Es un proceso en el que todos perdemos, salvo quienes, amparados por un gobierno que optó por menospreciar la ciencia, pretenden utilizar esas tierras para fines comerciales de corto plazo. Pensándolo mejor: incluso ellos  pierden. En definitiva, y lamentablemente, también son -como el propio Bolsonaro- habitantes pasajeros de este planeta que nos tocó en suerte y que, cada vez más con más urgencia, estamos obligados a cuidar. 

AO

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